martes, 15 de agosto de 2017

LA PRUEBA


De entre los muchos personajes históricos españoles que pasaron a engrosar el acervo legendario de nuestra patria, ninguna figura logró alcanzar mayor relieve que la de Rodrigo Díaz de Vivar, conocido en la historia y en la leyenda con el sobrenombre de El Cid.
Dejemos la historia a un lado y demos paso a la leyenda.
Diego Laínez del Cid, mostraba grave preocupación en su semblante. Sus cuatro hijos, de los cuales Rodrigo era el más pequeño, lo miraban intrigados, pero ninguno se atrevía a preguntarle cuál era la causa de su pesar. Por fin, cuando ya terminaban de comer, dijo tristemente Diego Laínez, como si hablara consigo mismo:
-Por desgracia me encuentro demasiado viejo, de lo contrario no iba a dejar esa afrenta sin respuesta.
-¿Qué afrenta, padre? -le preguntaron los cuatro muchachos a un tiempo.
-La que me ha infligido esta mañana el conde Lozano. estábamos cazando y yo le quité una liebre involuntariamente. En cuanto me vio empezó a insultarme y yo no he tenido fuerzas para hacerle pagar caros sus insultos...
-¡Padre! -Exclamaron los cuatro muchachos-. ¡Nosotros te vengaremos!
-Sí no tenéis suficiente edad. De todas maneras, quisiera averiguar una cosa.
Y dirigiéndose al mayor, dijo:
-Ven conmigo.
Obedeció el muchacho y siguió a su padre.
Este se encerró en él en una de las alas del castillo y en cuanto lo tuvo delante, sin decirle nada, le cogió un dedo y se lo mordió.
El muchacho lanzó un grito. Entonces su padre le índico con la mano que ya podía retirar.
Llamó luego a los otros dos y les hizo la misma prueba. Ambos lanzaron también sendos chillidos y su padre, sin decirles nada, les mandó retirarse con un simple ademán.
Llamó luego a Rodrigo, el más pequeño.
Entró éste decidido, a pesar de haber oído los chillidos de sus hermanos. En cuanto estuvo frente a su padre, éste le cogió el dedo, al igual que a los demás, lo puso entre sus dientes y se lo apretó con fuerza, más Rodrigo no lanzó ni un grito. Sólo dijo por lo bajo y con gran furia:
-Soltadme, padre, soltarme. Si no lo lamentaréis.
Emocionado estaba Diego Laínez al ver tanto valor en un chiquillo. Lo abrazó fuertemente y dijo:
-Ven acá, tú, hijo mío,
ven acá, tú, hijo amado,
a ti encomiendo mis armas.
Tú serás, hijo, quien se encargará de vengar esta ofensa. Llegando el momento tú defenderás mi honor. Mal contrincante va a tener el conde Lozano.
Transcurrieron algunos años. Rodrigo era ya un esforzado caballero capas  de competir con el más valiente contrincante. Creyó entonces que había llegado el momento de vengar a su padre. Ciñó su espada de fino acero, vistiese su cota de malla y decididamente se encaminó a casa del conde Lozano.
En cuanto lo vio le empezó a increpar, diciendo:
-Mal obrasteis, conde Lozano, insultando a un viejo indefenso cuyo nombre es gloria de nuestra tierra, mas sabed que cara vais a pagar vuestra osadía. ¡Pelead conmigo ahora mismo! ¡Desenvainad!.
Se entrecruzaron las espadas. Hábil era el conde Lozano, pero más lo era Rodrigo, y pronto clavó la punta de su espada en el corazón de aquel que, años antes, había ultrajado a su padre.
De este modo, según las leyes de la época, quedaba vengada la afrenta y a salvo el honor de Diego Laínez.
Rodrigo Díaz de Vivar es ya viejo. Grandes batallas ha ganado con su espada para su rey y Señor Alfonso VI, quien nunca ha sabido agradecérselo debidamente. Incluso un reino ha añadido a su corona: el de Valencia. El rey moro Cadir se ha hecho feudatario del rey de Castilla y éste ha nombrado al Cid gobernador de Valencia, con lo cual, a pesar de conservar Cadir la potestad sobre la población mora, el Cid se ha convertido en la mayor autoridad del reino, autoridad que ejerce con su proverbial sentido de justicia y caridad.
En paz gobierna el Cid, feliz junto a su esposa Jimena y sus hijas, pero un creciente poder enemigo empieza a amenazar de nuevo a los cristianos. En el Norte de África los terribles almorávides están prestos al ataque; los moros de la Península parecen debilitados, pero las tribus almorávides, por el contrario, dan muestras de un ímpetu guerrero verdaderamente avasallador.
Cuando el Cid se da cuenta de quiénes van a ser sus nuevos enemigos, comprendiendo que le es imposible enfrentarse con ellos con las pocas tropas de que dispone, manda pedir ayuda al rey castellano, pero éste, una vez más, se la niega.
Preocupado está el Cid. Difícil será la victoria. La superioridad numérica de los almorávides es aplastante y, además, marchan al mando de un belicoso guerrero llamado Yusuf.
Pero, aun así, el Cid no desespera. Sus guerreros son pocos, pero muy bien adiestrados; han combatido a su lado en mil combates y son hombres muy duros en la lucha.
Al día siguiente, el Cid, tras despedirse de Jimena, que llorosa le dice que no exponga su vida inútilmente, sale al frente de sus caballeros a presentar batalla en campo abierto al enemigo. No esperan tal decisión los almorávides, y tampoco creen que deberán luchar con guerreros de semejante pericia. La sorpresa, el miedo, o tal vez ambas cosas, siembran la confusión entre sus filas y lo que parece que ha de ser una gran victoria almorávide, se convierte desde los primeros momentos en una vergonzosa derrota.
Todos huyen sin orden por tierras y por mar, mas en la lucha una lanza enemiga se ha clavado en el pecho de Mío Cid el de Vivar. Tambaleándose sobre su caballo llega hasta palacio y, una vez allí, sus buenos caballeros le ayudan a descabalgar. Más no puede dar ni un paso y tiene que ser llevado en brazos a su aposento.
Amargamente llora Jimena. Extraer el hierro de la lanza clavado en su cuerpo es casi imposible.
Las probabilidades de que sobreviva son mínimas. Rodrigo lo sabe. Llama a su mujer y le dice:
-Mi dulce esposa, ha llegado el momento de separarnos para siempre. No insistas en buscar a ningún médico para que cure la herida. No hay tiempo, tengo que combatir mañana. Moriré con el hierro clavado, y tan pronto como haya muerto haz que me lo quiten mis leales amigos, vísteme con mis prendas guerreras, colócame todas mis armas y haz que mis fieles compañeros me monten sobre mi caballo Babieca, y, sin decir nada al grueso de mi ejército, ponerme delante de mis huestes.
Babieca, aunque yo no lo guíe, sabrá llevarme a donde debe. Con esto tal vez consiga dos cosas que los almorávides me crean aún con vida y por lo tanto sigan atemorizados y que buenos vasallos no se desmoralicen.
-¡OH, no, Rodrigo! -implora Jimena-
¡No te sacrifiques así!
- Debo hacerlo, mi buena Jimena, debo hacerlo. Mi vida vale muy poco, ya soy viejo y la de todos vosotros vale mucho....mucho....
El reino de Valencia tiene que seguir siendo cristiano...
Cadir, Jimena, las hijas del Cid y sus más fieles caballeros lloran desconsoladamente: el Cid ha muerto. Más nadie les verá lágrimas en los ojos fuera de aquella estancia. La última voluntad del Cid debe cumplirse: hay que salvar el reino de Valencia. Los almorávides no cejarán fácilmente en su empeño. Valencia es un punto clave para la conquista de España.
Es, además, la gran meta con la que sueñan y tratarán de apoderarse de la ciudad por todos los medios.
Está amaneciendo. Jimena, ayudada por Cadir y dos caballeros, viste al Cid su cota de malla, le coloca el yelmo, le ciñe la espada al cinto; liego, entre todos lo montan sobre Babieca. Jimena le baja la visera. Conteniendo apenas las lágrimas, sus dos fieles caballeros montan a ambos lados del Cid muerto. En cuanto los ve cabalgar, Babieca, como tiene por costumbre, se coloca delante de ellos. Mio Cid, una vez más, va a ponerse al frente de sus huestes....
Todo el pueblo de Valencia sigue al Cid, enardecido, al comprobar que no son ciertos los rumores de muerte que circulan por la ciudad. Los almorávides, a los cuales también ha llegado la noticia de la muerte del jefe cristiano, con rapidez se dirigen al campamento enemigo para atacar. Mas al ver a aquel alud de caballeros armados lanza en ristre que se les viene encima, llevando en cabeza al Cid Campeador, no tratan ni siquiera de presentar batalla. Huyen despavoridos y regresan a sus tierras del otro lado del Estrecho.
El Cid ha conseguido sus propósitos: después de muerto todavía ha ganado una batalla y ha conseguido salvar la vida de los suyos y de los habitantes de la ciudad de Valencia.
El hermoso reino valenciano sigue perteneciendo a la corona castellana. Lamentable es que tan fructífero resultado no será duradero.
Los árabes volverán a conquistar aquel reino y permanecerá en poder de los musulmanes hasta que Jaime I, el rey de Cataluña y Aragón, logrará reconquistarlo de nuevo en 1238.